Consideraciones sobre el Colegio Cardenalicio
El fallecimiento ayer del canadiense cardenal Vachon, arzobispo emérito de Quebec, de 94 años, no es ciertamente una noticia eclesial de importancia. Purpurado bastante anodino, incapaz de reconducir a la Iglesia canadiense, de las más afectadas por la crisis postconciliar, a posiciones menos revolucionarias, creemos que ha pasado de esta vida a la otra ya sin pena de nadie y con escasísima gloria. Pero su fallecimiento nos da pie para analizar el Sacro Colegio.
Después del primer consistorio de Bieito XVI, en el que quedó claro que no quiere romper la norma de Pablo VI de que no haya más de 120 cardenales electores, al día de hoy cuenta el Papa sólo con cuatro vacantes. Lo que hace muy improbable un inmediato consistorio. Aunque ciertamente el Papa puede convocarlo cuando le parezca oportuno para nombrar a un solo cardenal o a cuatro.
De aquí a diciembre de 2007 se producirán once vacantes más con lo que ya sería más normal una promoción de quince purpurados. O alguno más si fallece en el intervalo algún cardenal que no hubiera cumplido los ochenta años, edad que priva de los derechos electorales.
Pero esta eventualidad es poco probable pues los purpurados suelen tener una longevidad envidiable. El año pasado (2005) falleció el cardenal Bafile con más de cien años. No era sólo el purpurado más anciano de la Iglesia sino también el obispo de más edad del numeroso colegio episcopal. A su fallecimiento, ocupó el decanato por edad del Sacro Colegio el cardenal Willebrands, que falleció en este 2006 cuando estaba a punto de cumplir noventa y siete años. Hoy, el más anciano de los purpurados es el salesiano Stickler, de noventa y seis años, seguido del jesuita Kozlowiecki y del benedictino Mayer, ambos de noventa y cinco.
Las muertes, en un grupo de elevada edad, -el cardenal más joven es el húngaro Erdö con cincuenta y cuatro años, y con menos de sesenta solamente hay cuatro: el húngaro, el francés Barbarin, el croata Bozanic y el ghanés Turkson-, vienen dando unas cifras parejas en los años. En el 2000, año especialmente trágico, pasaron a mejor vida doce. Siete en el 2001. Otros siete en el 2002. De nuevo siete en el 2003. Ocho en 2004. Solamente cuatro en 2005. Y en el año corriente contabilizamos cinco fallecimientos hasta el momento.
De los doce fallecidos en 2000 solamente tres no habían llegado a los ochenta años. De los siete de 2001, dos no eran octogenarios. El 2002 fue una verdadera excepción pues cinco de los siete cardenales fallecidos gozaban del derecho de elegir Pontífice. De los siete fallecidos en 2003 sólo dos no eran octogenarios. Y lo eran todos los que murieron en el año siguiente. El 2005, en el que apenas hubo fallecimientos, eran electores dos de los cuatro difuntos. Y, hasta el día de hoy, los cinco que han muerto en este año ya no podrían participar en un eventual cónclave.
Aunque es imposible adelantar los designios de Dios, parece realista aventurar que, en el plazo de un año y tres meses que hemos fijado para un posible consistorio, las vacantes a las que la muerte de cardenales no octogenarios dé lugar serían de una a tres. Pues contemos que a finales del año que viene Benedicto XVI contará con dieciséis-dieciocho birretas.
De ellas hay ya unas cuantas amortizadas. Lajolo, Bagnasco en Génova, Vingt-Trois en París, Wuerl en Washington, el sucesor de Dias en Bombay parecen seguras. Pues apenas queda una docena más. Si se renueva la Curia, los nuevos nombrados restarán algunos otros puestos.Y el Papa tiene una deuda con África, la gran preterida en su consistorio anterior. No es arriesgado aventurar que dos o tres birretas recaigan en prelados africanos. Y hay otra vacante cardenalicia de cubrimiento seguro y más en un Papa bávaro. El gran cardenal Wetter, arzobispo de Munich, tiene ya setenta y ocho años. Cumple los setenta y nueve en el febrero próximo. Benedicto XVI ha querido, con una delicadeza que le honra, que el muniqués fuera el anfitrión de su trinfal viaje a la tierra que le vio nacer. Pero Munich es cardenalicia y Wetter se agota. Creo que su sucesor va a ser cardenal en el próximo consistorio.
¿Cómo queda España tras todas estas elucubraciones? Mal. Su notable peso en el último cónclave, y no me cabe duda de que todo él volcado en la elección del cardenal Ratzinger, ya ha perdido dos votos. Los de los eméritos de Toledo y Barcelona, Álvarez y Carles. Y en marzo de 2007 perderá el del cardenal camarlengo, Martínez Somalo. Nos quedan cuatro votos. Los de los arzobispos de Madrid, Sevilla y Toledo, este último de creación de Benedicto XVI en su primer consistorio, y el de Don Julián Herranz. De seis hemos bajado a cuatro. ¿Será el quinto Martínez Sistach? Es posible. Aunque no lo tiene fácil.




