Sobre los toros, los peperos se ponen el mundo por montera, como si fueran los amos del cortijo
¿Por qué Esperanza Aguirre, Francisco Camps y Ramón Luis Valcárcel han salido en tromba, con la montera y la muleta puestas, para exhibir su acendrado españolismo rancio? Este trÃo de dirigentes del Partido Popular han demostrado con su gesto que parece que sigan estando muy cerca -conceptualmente- de aquella "España de charanga y pandereta, cerrado y sacristÃa, devota de Frascuelo y de MarÃa", que describiera don Antonio Machado el año 1913.
Salvador Sánchez Povedano nació en un pueblo de Granada en 1842. Murió en Madrid en 1898. Mató más de tres mil toros ejerciendo durante décadas de bravo torero. Se le conocÃa en toda España con el nombre de Frascuelo. Su máximo rival en la arena fue Lagartijo. Amigo de la infanta Isabel -llamada coloquialmente, La Chata-, ésta ordenaba parar el tren en Torrelodones para saludar a Frascuelo. Los romances entre toreros y aristócratas o princesas formaban parte de aquella España más bien decrépita del siglo XIX, cuando Madrid era La corte de los milagros.
Lideresa cañÃ
Nadie debe sorprenderse, por consiguiente, viendo ahora las fotografÃas de la lideresa cañà adornada con la muleta taurina. En la Villa y Corte la monja de las llagas, Sor Patrocinio, era consejera de la Reina Isabel II. El pueblo acababa siendo, en efecto, devoto del Frascuelo de turno o de MarÃa, representada de forma esperpéntica por Sor Patrocinio. Al pueblo madrileño apenas le quedaba entonces otro remedio.
¿Fiesta Nacional?
¿Por qué el trÃo mencionado -mientras Mariano Rajoy defendÃa que a los toros se les denomine Fiesta Nacional- se vio en la obligación de españolear para contrarrestar el debate abierto en el Parlamento de Cataluña, donde se viene últimamente discutiendo, con argumentos a favor o en contra, acerca de lo que algunos califican arte y otros salvajada?
Ni dogma ni verdad revelada
¿No habrÃa sido mejor que, en lugar de lanzar anatemas contra este ejercicio fundamentalmente democrático -lo que han hecho con abundante pirotecnia los populares y sus comparsas mediáticos-, Aguirre, Camps y Valcárcel hubieran anunciado debates similares en sus Parlamentos autonómicos? ¿Qué mal hay que se ponga en cuestión el espectáculo taurino? No es ningún dogma ni ninguna verdad revelada. ¡FaltarÃa más que la libertad de expresión se coartara cuando los aficionados a los toros y los adversarios de esa fiesta pueden con toda libertad confrontar sus puntos de vista!
Alergia a la democracia
El PP ha vuelto a errar. La actitud popular ante el debate de los toros ha ratificado que Rajoy sigue sufriendo una cierta alergia a la democracia. Los peperos han vuelto, además, a meter los dedos en los ojos de muchos ciudadanos catalanes. ¿No se han enterado aún los genoveses que no sólo en Cataluña hay amplios sectores de la sociedad que desaprueban las corridas de toros? Hay más antitaurinos en Cataluña, dirán algunos. Es probable, aunque no seguro. Lo cierto es que en Cataluña el número de entusiastas de los toros ha descendido enormemente. En las plazas de toros acostumbra, salvo excepciones puntuales, a haber más turistas que nativos o residentes en Cataluña.
El plumero de la catalanofobia
Pretender la prohibición del toreo puede ser considerado positivo o negativo. Pero intentarlo ni es delito alguno ni pone en peligro la unidad de España, la democracia o las instituciones públicas. No es intolerancia denigrar la fiesta de los toros. Como no lo es tampoco loarla. Los debates crean fricciones y a veces tensiones. Sin embargo, es una de las fórmulas pedagógicas más acreditadas para que cada cual pueda exponer sus razonamientos y escuchar los de los demás. Aguirre, Camps y Valcárcel -con Rajoy en el fondo- han hecho el ridÃculo, se les ha visto el plumero de la catalanofobia y han dado unos cuantos pasos más por el camino del oportunismo electoral y de la demagogia.
La mayorÃa
No queremos que a España la representen Frascuelo y MarÃa. Queremos, eso sÃ, debates y no imposiciones. España y cada una de sus comunidades autónomas han de ser, sobre todo, lo que demanden la mayorÃa de los ciudadanos y no unos cuantos osados peperos que pretenden ponerse el mundo por montera, como si fueran los amos del cortijo. Y, por supuesto, no queremos que nadie nos clave la puntilla.
Fuente y autor: Enric Sopena es director de El Plural




