Economistas

El derecho más fundamental de un afiliado es el de criticar las estrategias de sus dirigentes, haciéndolo con la máxima libertad y sin miedo a represalias

Los partidos políticos en una democracia ayudan a articular e informar a la opinión pública de sus planes y propósitos. Los partidos políticos constituyen unidades organizativas a las que se les reconoce el derecho de participar en un proceso de elección política por medio de la presentación de candidatos y programas de acción o gobierno en el seno de los poderes legislativo y ejecutivo.

Una cosa es el discurso para la galería de los líderes de los partidos:

José Bono: "la lealtad no es subordinación, ni sumisión, ni jerarquía, ni agradar a quien nos nombra,.... sino ser personas que forman criterio de forma autónoma y honrada a través de la reflexión" (insisto, palabras textuales). Pues bien, pareciera que esto anima y fomenta la autocrítica, no comenzamos mal.

José María Barreda: "debemos de hablar claro entre nosotros, pues el día que no lo hagamos, tampoco nos entenderán los ciudadanos/as". Parece que bien continuamos.

José Luis Rodríguez Zapatero: "nunca debemos estar satisfechos ni autocomplacientes con nuestra acción de gobierno, porque ser de izquierdas es querer cambiar las cosas cada día para que los desfavorecidos tengan más derechos y los poderosos menos poder".

Pero a la hora de la verdad todo queda en nada: ni se fomenta, ni se considera, ni casi se permite la crítica constructiva ni en foros públicos ni en órganos internos de participación de los propios partidos:

Con demasiada frecuencia se han puesto en marcha políticas, tanto en el ámbito provincial, regional como nacional, sin que hayan sido consultadas las bases ni los concejales/as de nuestro partido, lo que implica importantes problemas de aplicación práctica. No se ha velado por el establecimiento de mecanismos internos y extemos de verdadera discusión (tanto previamente como a posteriori), que sirvieran para afinar las políticas que se decide a llevar a la práctica.

Por eso, algunos militantes de base pedímos dirigentes con profundas convicciones políticas, teniendo en cuenta:

La constitución de un verdadero equipo de trabajo por encima de las individualidades y protagonismos personales.

La participación de compañeros/as jóvenes junto a veteranos/as, compaginando rebeldía, crítica y experiencia.

Que las elecciones dentro de los Congresos, Comités y Comisiones Ejecutivas para determinar Diputados/as Provinciales, Regionales y Nacionales, Senadores/as, Delegados/as a Congresos de nuestro partido y otros puestos se hagan siempre con el sistema de listas abiertas mediante votación secreta en sobre cerrado con disponibilidad de cabinas de votación. De esta manera daríamos un impulso a la democracia interna de nuestro partido acercando la toma de decisiones a las bases, entrando en una nueva dinámica de negociación abierta (que nos exige diálogo y discusión razonada sobre las capacidades de las personas y la propia organización para lograr apoyos) frente a la imposición que supone la lista cerrada única que se viene utilizando en los últimos años (proclive a la designación mediante procedimientos más cercanos a la subordinación que a la libertad).

Sobre lo que realmente importa en política

"Cada loco con su tema, contra gustos no hay disputa". Si nos tomamos a pecho lo dicho, derivamos hacia el relativismo, esa forma de ser y estar que tanto agobia a ciertas jerarquías religiosas, pero que es fundamental para dos tareas. La importante: garantizar la libertad y pluralidad del pensamiento y la acción de las personas. La banal: polemizar y perder el tiempo con asuntos que en nada contribuyen a mejorar la vida de la mayoría de la gente.

- Ante el culto al líder,... la instrumentación de fórmulas que ayuden a construir una verdadera democracia participativa de alta intensidad, que supere y arrincone liderazgos personales en política, que derivan en cultos y pleitesías propios de épocas feudales.

El partido político que me gustaría

Quiero partidos políticos que nos sorprendan, que nos cuestionen, que nos provoquen...tanto para desenmascarar la sumisión de nosotros mismos como la de los demás. Que favorezcan la participación desde la libertad que sacude las conciencias, y no premie la obediencia ciega, el mirar hacia otro lado o en el mejor de los casos anime la huida. La provocación siempre es molesta. Por eso, quizás, demasiadas veces los partidos políticos intentan domesticar a sus militantes y simpatizantes, convirtiéndolos en apacibles reformadores.

Quiero partidos políticos radiantes, que más que enseñarnos, nos muestren una forma de ser y actuar, que nos inspiren y nos sugieran para transformar las estructuras de nuestra sociedad (este y no otro es el fin último de nuestra actividad política). No podemos inhibirnos o mirar hacia otro lado ante las actuales estructuras de poder que coartan o amenazan nuestra libertad, y esa será la mayor muestra de fidelidad a nuestro partido (aunque alguien hablará o interpretará esta actitud como disidencias insanas).

Quiero partidos políticos que nos hagan volver sobre lo que ya hacemos para mirarlo de manera nueva, a modo de relectura de nuestra propia acción. A veces sin tener una respuesta positiva que nos diga cómo construir, pero sabiendo que "NO", que así "NO". No somos una alternativa más, porque nuestra lucha está en este mundo por otro mundo que es posible. Quizás tengamos que volver a hacernos la pregunta de el por qué y para qué estamos en un partido político, aunque ello nos de miedo por lo que de provocativo tiene, porque quizás descubramos que no coinciden con los objetivos que en realidad estamos alcanzando. Día a día los partidos necesitan reavivar y celebrar la utopía que deja sus frutos en el presente, nunca nuestros intereses personales debieran estar por encima de la fidelidad a los para qués de este partido.

Nuestros compromisos con los partidos deberían ser para que no se cierren a la expectativa y la vigilancia. Trabajando con los pies bien en el suelo, pero esperando que algo nuevo vaya a suceder. Motivando a la espera, a la sorpresa. No toda la vida de nuestros pueblos está ya escrita y prevista. Hay que sacudir la falta de expectativas de buena esperanza que presiden las plataformas de nuestra sociedad. Sacudir las seguridades que tantas veces cierran toda expectativa. Y lo que es más importante: sacudir los miedos.

¿merece la pena seguir militando activamente en un partido político?

Nos encontramos ante un orden mundial que llamamos globalizado y que tenemos que describir con calificativos como injusto, polarizado en lo social, insensible al sufrimiento humano, egocéntrico, bélico y destructivo.

Muchas personas reflexionamos día a día sobre cuál es la plataforma comunitaria, asociación o colectivo más adecuado para dedicar nuestro esfuerzo en pos de llevar a cabo iniciativas que hagan de nuestro entorno local y global un lugar más agradable para la vida.

Y aunque sabemos que la tarea es ardua y que las cosas no cambian de la noche a la mañana, tampoco estamos dispuestos a perder energías en experiencias de participación ciudadana que en nada transforman nuestro mundo, es más, que incluso a veces ayudan a mantener y consolidar el statu quo existente.

Cada vez más se extiende el sentir de que organizaciones sociales históricas como partidos políticos y sindicatos, que en los últimos dos siglos han sido claves para la consecución de derechos sociales, económicos y políticos para todos, en los últimos tiempos se están convirtiendo en instrumentos al servicio de los verdaderos poderes fácticos (el gran capital transnacional que devora el mundo). La apatía de la gente por los acontecimientos políticos y comunitarios, así como la baja participación ciudadana en las elecciones se interpretan en esta clave.

Así, ante ello, caben dos posturas:

1) Seguir militando activamente en los partidos políticos pero incentivando, desde dentro y desde la base, cambios en su funcionamiento, que los hagan más democráticos internamente, preocupados de verdad por los grandes problemas de la humanidad (la pobreza, el deterioro ambiental, las guerras). Es decir, seguir en los partidos pero para impulsar alternativas radicales que puedan llegar a convertirse en mayoritarias en el seno de los mismos.

2) Salir de los partidos políticos (o seguir en ellos vegetando) porque entendamos que lo expuesto en el punto anterior es una quimera absoluta (ni siquiera una utopía), de ahí que lleguemos al convencimiento de que el otro mundo posible que queremos hay que construirlo desde otras plataformas de participación ciudadana distintas a los partidos.

Uno, que en los últimos tiempos ha meditado bastante sobre estas dos posibilidades, tiene argumentos para apoyar cualquiera de ellas. A continuación los voy a exponer brevemente.

HAY QUE SEGUIR

- A pesar de todo, podemos consolarnos con la creencia de que militando en partidos políticos hacemos lo correcto, tanto por la afinidad que podemos tener con sus principios ideológicos como por el conjunto humano que conforman sus hombres y mujeres.

- Porque debemos luchar por conseguir partidos políticos frescos, que nos sorprendan, que nos cuestionen, que nos provoquen...tanto para desenmascarar la sumisión de nosotros mismos como la de los demás. Que favorezcan la participación desde la libertad, que sacudan las conciencias, y no premien la obediencia ciega ni el mirar hacia otro lado. La provocación leal y sincera no debe ser molesta para nadie, y menos para dirigentes políticos de izquierdas. Los partidos no deberían trabajar para domesticar a sus militantes, simpatizantes y resto de la sociedad, sino para darles alas y todo el protagonismo que merecen, y que desgraciadamente ahora no tienen.

- Porque salir se me antoja cobarde. No es vano el esfuerzo que hacemos de trasladar nuestros puntos de vista a nuestro partido y de proponer alternativas de personas y de mecanismos de funcionamiento. De lo contrario, quienes ahora tienen el control orgánico del partido podrían creer que están haciendo las cosas correctamente por el mero hecho de que nadie internamente les critica nada: "El que calla otorga, o no tiene nada que ofrecer".

- En todo caso, seguir requiere organizarse en torno a alternativas para próximos procesos congresuales, aunque ello pusiera nerviosos a quienes dentro del organigrama del partido defienden y se benefician de la actual forma de hacer las cosas, acostumbrados en las elecciones orgánicas a candidaturas únicas.

- Porque hay que luchar por la utilización del sistema de listas abiertas para elecciones orgánicas y políticas. El sistema de votación y elaboración de listas que utiliza una formación política no es un fin en sí mismo, sino un instrumento que le debe ayudar a hacer más creíble su discurso hacia la sociedad y a reforzar su estructura interna. Así, si un partido es firme defensor de los valores democráticos e igualitarios, debería apostar por las listas abiertas que permiten una mayor representatividad de las candidaturas elegidas al evitar las listas monocolor y fortalecer aspectos fundamentales de una organización política como son el debate interno y la negociación entre iguales.

Hay que pasar de la obediencia ciega a los líderes del partido (que con frecuencia llega a convertirse en culto a la persona), a la lealtad absoluta a los principios del partido y a sus dirigentes, pero antes que a ellos, a sus bases.

HAY QUE SALIR

- Porque existe un férreo control interno en los partidos, a todos los niveles, que ahoga cualquier intento de cambio desde dentro, primando la autocomplacencia y los intereses personales. Hay dos principios de funcionamiento de los partidos que en mi opinión están detrás de su pobre espíritu crítico y abierto a la participación, que a su vez, hace que se alejen de sus bases y de la sociedad en la que están inmersos:

a) La utilización del sistema de listas cerradas para designar cargos orgánicos y políticos.

b) El nulo trabajo (absolutamente nulo) que hacen los partidos en lo que respecta a difundir en cercanía, en las agrupaciones y asociaciones de nuestros pueblos, las políticas que se están definiendo y poniendo en práctica en este país, provincia y región, así como para conocer de primera mano las preocupaciones de la gente.

- Porque cada vez más los partidos se apoyan descaradamente y/o son rehenes de los poderes fácticos (económicos, medios de comunicación), que a diferencia de los militantes y simpatizantes, exigen a cambio favores en forma de políticas públicas que les beneficien por acción u omisión.

- Porque en definitiva, en nuestro mundo ya no gobiernan los políticos y los partidos que los apoyan, sino los poderes económicos transnacionales. De ahí que seguir militando en partidos para intentar afectar el orden establecido en los niveles regional, nacional y mundial sea una auténtica equivocación. Otra cosa distinta es en el ámbito local, donde dependiendo de su estructura y talante, los partidos políticos pueden seguir siendo organizaciones muy válidas para canalizar las voluntades democráticas de las personas y plasmarlas luego en políticas públicas.

Cuando toca abrir nuevas veredas

Somos absolutamente afortunados cuando podemos elegir sin presiones, o por lo menos sin sucumbir a ellas, los caminos por los que transitar. Cuando a la vez que leemos y sentimos el libro de la vida aprendemos a ser libres, a pensar por cuenta propia, a tomar la mano de la gente para soñar y luchar por un mundo más justo allá donde nos toca estar.

Y en este ir, tan importante como no perder el horizonte de la utopia, es estar pendientes de la tierra que quedará bajo nuestros pies en el paso siguiente, por aquello que podamos destruir con nuestra huella. Porque no podemos alcanzar más justicia social y libertad si sellamos los labios de quienes quieren decir algo porque no queremos oír (ni que nadie oiga) palabras transparentes, tanto por el temor a que prendan en el alma de los demás como porque perturben estados de unánime y perversa autocomplacencia.

En paralelo, a la vez que reflexionamos y nos empinamos para atisbar mejor la propia ruta, tenemos que buscar los/as compañeros/as de viaje, para unirnos a ellos/as con lazos de compromiso y confianza. Sólo en grupo podemos fundir nuestras inquietudes y anhelos para crecer, para escuchar, para comentar y para gritar contra aquello que nos corta las alas y reduce nuestro horizonte, o lo que es lo mismo, contra aquello que congela y condena nuestras utopías.

Así, cuando constatamos que en las organizaciones donde participamos, el miedo, el deseo de agradar al poder o la obediencia indebida nos hacen callar y mirar para otro lado, es también el momento de abrir de par en par las ventanas de nuestro corazón para descubrir de entre las voces de la calle nuevos latidos de esperanza en los seres humanos.

Y a partir de ahí, salir de la misma manera que llegamos: sigilosamente. Eso sí, con los mejores recuerdos de todo lo acontecido, porque todo ha sido bueno, incluso aquello que desde el primer día nos encaminó al callejón del desánimo.

Pues eso, que es tiempo de abrir nuevas veredas.
Extraído de un comentario de Gegoro López Sanz/Movimiento Rural Cristiano de Albacete

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